Roberto Pla fue uno de esos maestros que apenas se dejan ver. No nació para ser un maestro de multitudes ni para crear doctrina o método alguno de conocimiento, sino que se ciñó con fidelidad y auténtica devoción a la vieja tradición advaita cuya espiritualidad se trasluce en la entrega de su vida y en la pureza y altura de su pensamiento.

 

Siempre son los pocos los que abren su oído interno y su corazón a la Verdad, pero Roberto sabía que esos pocos merecen una ayuda y un acompañamiento en el camino de autodescubrimiento y así respondía con sencillez y generosidad al requerimiento de quienes buscaban su enseñanza.

 

En el campo de la espiritualidad, sus apariciones públicas fueron escasas. No gustaba de grupos grandes, tan solo deseaba compartir sus más íntimas reflexiones con unas cuantas, pocas, personas interesadas.

 

Vivir en intimidad con uno mismo necesita de cierto grado de soledad y silencio y la vía que Roberto encontró para expresar su amor al mundo fue sobre todo a través de su obra escrita, pero también en ella desaparece, convirtiéndose en mero amanuense y comentador de obras clásicas pertenecientes a diferentes tradiciones religiosas. Tal sucede en el caso del "Viveka Suda Mani. La joya suprema del discernimiento", cuyos humildes comentarios a pie de página forman un cuerpo de reflexiones tan lúcidas y claras que son un tratado en sí mismas y que merecen igual interés que el propio texto del gran Sankara.

 

Merece una mención especial uno de sus últimos trabajos "El hombre templo de Dios vivo", sobre el evangelio de Tomás, donde el lector recibe en cada página leída un soplo de conocimiento y vida renovadas que tiene en nosotros la resonancia de una verdad oculta, pero siempre presentida. 

Esperanza Borús

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"El vacío dejado por el yo tendió de manera harto milagrosa no a rellenarse con otro yo superior e infinito (eso es lo que yo esperaba), sino que tendió a una cosa aún más sutil. La idea de vacuidad cesó"